Lo mataron por lo que era ( Agustin Fdez. Buj)

sábado, 14 agosto , 2010 | Por | Categoria: Opinión

El próximo día 16 de agosto se cumplen cinco años de la muerte del Hno. Roger de Taizé, fundador de la Comunidad Ecuménica del mismo nombre, y a los cuatro días se conmemorará el 70 aniversario de su fundación.

Hablar del Hno Roger y de Taizé es hablar de reconciliación, de confianza, de espera de una presencia. Es hablar de jóvenes, en multitud, de todas las razas, pueblos, colores y naciones, de jóvenes de todas las religiones, es hablar de oración y de esperanza. Cada semana es una Pascua en Taizé con miles de jóvenes que se multiplican en miles y miles a lo largo del mundo.

Yo conocí al Hno Roger en Barcelona, en el Encuentro anual de la “Peregrinación” de confianza. Su presencia, su edad, su serenidad, su candidez, su porte humano, y yo casi diría divino, me reafirmó en la necesidad de ser un “creyente orante”, en la calidad del diálogo con Dios, expresado en el silencio y la música. Me reafirmó en la necesidad de la confianza entre los hombres como reflejo de la confianza en Dios.

Cientos de veces he oído y he cantado la música de Taizé, repetitiva, sugerente, trasladante, armónica, orante, subyugante, que traslada a la paz del corazón, a la unidad de sentimientos y sobre todo a la cercanía con Dios.

Las enseñanzas del Hno Roger, recogidas en numerosos libros, que estos días, en su recuerdo, las editoriales vuelven a ofrecernos, son válidos para una lectura sosegada de este verano. Entresaco, de entre todos ellos, estos cuatro retazos que nos pueden hacer mucho bien.

“En lo más profundo de la condición humana descansa la espera de una presencia, el deseo silencioso de una comunión. Nunca lo olvidemos, el simple deseo de Dios es ya el comienzo de la fe”. (La oración, frescor de una fuente)

“Si pudiéramos darnos cuenta de que una vida feliz es posible, incluso en las horas de oscuridad. Lo que hace feliz una existencia es avanzar hacia la sencillez: la sencillez de nuestro corazón, y la de nuestra vida. Para que una vida sea hermosa, no es indispensable tener capacidades extraordinarias o grandes facilidades. Hay una felicidad en el humilde don de la persona. Cuando la sencillez está íntimamente asociada a la bondad del corazón, incluso personas sin recursos pueden crear un espacio de esperanza en su entorno. ¡Sí, Dios nos quiere felices! Pero jamás nos invita a permanecer pasivos, nunca a estar indiferentes ante el sufrimiento de los otros. Todo lo contrario: Dios nos propone ser creadores, y llegar a crear incluso en los momentos de prueba. Nuestra vida no está sometida al azar de una fatalidad o de un destino. ¡Lejos de eso! Nuestra vida adquiere sentido cuando es, ante todo, respuesta viva a una llamada de Dios. ¿Pero cómo reconocer esta llamada y descubrir lo que Él espera de nosotros? Dios espera que seamos un reflejo de su presencia, portadores de una esperanza de Evangelio. Quien responde a una llamada semejante no ignora sus propias debilidades, pero también guarda en su corazón estas palabras de Cristo: «¡No temas, cree sencillamente!» (Carta de Taizé, 2001)

“Para avanzar, es bueno saberlo: el Evangelio lleva en sí mismo una esperanza tan bella que podemos encontrar ahí una alegría del alma. Esta esperanza es como una brecha de luz que se abre en nuestras profundidades. Sin ella, el gusto por vivir podría apagarse. ¿Dónde está la fuente de esta esperanza? Está en Dios, que sólo puede amar1 y nos busca incansablemente. La esperanza se renueva cuando con toda humildad nos confiamos a Dios.” (Carta de Taizé, 2003)

“Ya antes de Cristo, un creyente expresaba esta llamada: «Deja tu tristeza, deja que Dios te conduzca hacia una alegría.» Esta alegría cura la herida secreta del alma. Se encuentra en la transparencia de un amor apacible. Necesita todo nuestro ser para abrirse. Son muchos hoy los que aspiran a vivir un tiempo de confianza y esperanza. Puede haber en el ser humano pulsiones de violencia. Mas para que se alce una confianza sobre la tierra, lo que importa es comenzar en uno mismo: caminar con un corazón reconciliado, vivir en paz con los que nos rodean. Una paz sobre la tierra se prepara en la medida en que cada uno de nosotros se atreve a preguntarse: ¿estoy dispuesto a buscar una paz interior, para avanzar desinteresadamente? Incluso desprovisto, ¿puedo ser fermento de confianza allí donde vivo, con una comprensión hacia los otros que se ampliará siempre más? Manteniéndonos en la presencia de Dios en una espera serena, ¿abriremos sendas de pacificación allí donde surgen las oposiciones?” (Carta de Taizé, 2003)

Y para terminar este pequeño recuerdo y homenaje, unas palabras del Hno Alois, continuador de la obra del Hno Roger, que ante la situación de las comunidades y sociedades actuales, exclama: “¡Si nuestras comunidades, nuestras parroquias, nuestros grupos de jóvenes, se pudieran convertir cada vez más en lugares de bondad del corazón y de confianza! ¡lugares donde nos acogemos mutuamente, donde buscamos comprender y apoyar al otro, lugares donde estamos atenteos a los más débiles, a los que son más pobres que nosotros”!. Y ahora digo yo:si hacemos esto, otro gallo nos cantaría.

Agustín Fdez Buj

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