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Más feministas que nunca… aunque no les rente decirlo( Por Beatriz Redón, diputada del servicio de Igualdad de DPT, concejala Teruel Existe Ayto Teruel.)

 

Nunca había existido una generación tan “woke” (concienciada con la igualdad) y, al mismo tiempo, tan alérgica a la etiqueta “feminista”. Literalmente, “no les renta ponerse ese tag en la bio” (no les conviene ponerse esa etiqueta en redes sociales). Pero viven ejerciendo muchos de sus derechos gracias a todo lo que el feminismo “hackeó” antes; es decir, gracias a todo lo que transformó y conquistó.

Solo el 38% se declara feminista (según Fad Juventud e Injuve). Sin embargo, cuando se indaga en sus valores, tienen clarísimas cuestiones concretas como el consentimiento en las relaciones sexuales, o la corresponsabilidad en casa. Es decir, esos principios forman parte de su mentalidad y los tienen interiorizados.

Parece que el problema no es el contenido, sino el “branding” (la etiqueta, la marca) y el uso partidista que algunos y algunas se empeñan en hacer del término.

En los últimos años, el feminismo se ha convertido en meme político: “que si es radical, que si exagerado, que si ya está todo conseguido”… Cualquier cosa que suene a conflicto estructural “les da pereza”, y no sólo a los de la generación Z, también a los millennials, o generaciones anteriores. Resulta más sencillo afirmar que “eso ya pasó” que comprender cómo operan las desigualdades de forma invisible que todavía persisten en nuestra sociedad y por las que todavía debemos seguir trabajando, no sólo el 8M, si no cada día.

Pero la realidad no es tan “aesthetic” (tan idílica o visualmente perfecta) como parece en los estados y en el “feed” (muro de contenidos) de las redes sociales. La realidad es que una de cada cuatro chicas afirma que su pareja le controla el móvil. La realidad es que el enfado por dejar en visto se normaliza. Que el “love intenso” se traduce en un “¿dónde estás?” constante o incluso en activar el localizador del teléfono. Y ojo: eso no es romanticismo, es posesión. Es un “throwback peligroso”, una vuelta al pasado por la que quienes seguimos orgullosas de que nos llamen feministas no estamos dispuestas a pasar, y que desde luego desde las instituciones no se puede dejar de trabajar.

Porque el feminismo no vino a cancelar a nadie; vino a ampliar libertades. Gracias a esa lucha histórica, hoy una chica puede estudiar lo que quiera, puede ponerse un “outfit aesthetic”, puede decidir si quiere o no tener pareja, o si su identidad es más fluida que los moldes de antes. Nada de eso es “random” (casual). Es consecuencia directa de décadas de lucha feminista por romper estereotipos.

Luchas de mujeres y hombres que también ha promovido nuevas masculinidades menos marcadas por estereotipos, que también dan libertad a los hombres, que evita la competencia tóxica, y les permite ser más auténticos. Aunque algunos se empeñen en seguir siendo buenos “machirulos”.

Reivindicar el feminismo no es imponer una etiqueta, sino defender un marco de igualdad real y efectiva. No es una guerra de sexos, sino una apuesta por relaciones más justas. No es una agenda contra nadie, sino a favor de una sociedad donde el género no determine trayectorias vitales.

Que el feminismo esté hoy institucionalizado puede restarle épica y romanticismo, sí. Ya no es solo pancarta; es ley, política pública y conversación cotidiana. Pero eso no debería ser motivo de rechazo, sino de orgullo democrático. Significa que las demandas sociales han sido y siguen siendo escuchadas.

Por eso, precisamente ahora, cuando la palabra parece desgastarse, es más necesario que nunca que instituciones y sociedad civil sigan explicando qué es y qué no es el feminismo. Que refuercen su dimensión pedagógica. Que conecten con las inquietudes reales de la juventud. Que combatan la desinformación con datos, pero también con relatos que interpelen emocionalmente.

Por eso, quizá también sea momento de dar las gracias. Gracias a quienes salieron a la calle en tantos 8M, a quienes reivindicaron cuando no era popular hacerlo, a quienes sembraron derechos cuando aún parecían imposibles. Gracias a las generaciones de mujeres y hombres feministas que trabajaron, muchas veces en silencio, para que hoy disfrutemos de libertades que damos por hechas.

Lo que hoy vivimos no es casualidad: es herencia. Y esa herencia implica responsabilidad. No podemos relajarnos ni dar por concluida la tarea. La igualdad real y efectiva no se consolida sola; exige compromiso cotidiano, vigilancia democrática y trabajo constante.

Porque cuando olvidamos de dónde vienen los derechos, abrimos la puerta a que alguien los quiera eliminar.

La igualdad real no es una moda ni debe ser de un perfil ideológico. Es la base de una democracia sólida. Defender el feminismo es defender la posibilidad de vivir sin control, sin miedo y sin moldes.

Porque, que lo tengan claro los boommer, la generación X, los millennials, la generación Z y hasta la alfa, en la práctica, en el “day to day”, en su manera de amar, vestir, hablar y exigir respeto…

Todas las personas disfrutamos del feminismo, aunque no les rente decirlo.

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