“Pipi Man” (Por Luis Esteban )

viernes, 30 septiembre , 2016 | Por | Categoria: Opinión

 

Según datos recientísimos (junio 2016), España tienen la más alta densidad de bares por habitante: uno por cada 175 personas. Pese a que ello podría parecer a priori una suficiente dotación sanitaria de inodoros de uso público (cisterna baja, alta, empotrada, de suelo, suspendidos, pequeños, infantiles, movilidad reducida…), que recogieran puntuales emergencias, no siempre es así, y la estadística lo avala.
La aglomeración de masas en celebraciones festivas, el masivo trasiego de líquidos y que el “caloret” ataca inmisericorde, nos lleva al núcleo de la problemática: uso y no uso del mingitorio.
La amplia oferta de excusados que señala la estadística puede sufrir cierto menoscabo, debido a las averías, en algunos casos “estratégicas y puntuales”, que reducen el número y calidad del servicio.
Así pues la confluencia del aumento ocasional del censo y la pereza de desplazarse a la cabina, da lugar al conflicto.
Desinhibidos pirulís, con nocturnidad y alevosía, sin distinción de tamaño –que en este caso no importa-, credo, color o inclinación política/balompédica buscan vaciar la rebosante vejiga, sin reparar ni el cuando, en el cómo, ni en el donde.
Tan peculiar costumbre divide a la población, que sucesivamente, va pasando por diversos estadios: sorpresa, insulto, faltada, desafío, llegando, en ocasiones, a las manos.
Mientras los expertos dilucida sobre la clasificación del hecho (guarrada pura y dura o puritita e inaplazable necesidad fisiológica) , la sufrida y nunca bien ponderada brigada municipal restaura el campo de batalla: limpia, fija y da esplendor.
Esta peculiar costumbre de evacuación libre, obliga a conocer otras vivencias, otros puntos de vista, otras soluciones. Así la revista bimensual editada y dirigida por el eximio profesor, Franz de Copenhague, abunda en el tema.
Tras un sesudo estudio de campo, y una detallada descripción técnica, el redactor que firma el artículo llega al punto clave del asunto: la solución para por la instalación del “pipi man”.
El avispado lector se preguntará: ¿y qué es el “pipi man”? pues lisa y llanamente una vil y desvergonzada copia del “pipi can”. Esta, digamos variante, une a sus innatas cualidades de economía frente a la versión perruna, otras tales como: no hace falta valla, no requiere arbolado, no es necesario el dispensador de bolsas, ni papeleras para el depósito de excrementos sólidos.
Se baraja que altas instancias locales, muy interesadas en el tema, se desplacen a fábrica acompañados de técnicos del ramo. Nada se ha comentado de que los maceros se integren en la expedición.
¿Puede ser este artilugio la aportación de la técnica contemporánea a la erradicación del síndrome “flojera vejigatorix”? ¿volvería con su implantación el sosiego y la paz social al “Teruel la Nuit”? ¿se verán imputados los diseñadores del “pipi man” en una demanda millonaria, dadas las evidentes y sospechosas similitudes con el “pipi can”? ¿patrocinará “mister proper” esta campaña higiénico-sanitaria, que marcará un antes y un después en la historia de la villa?
Apasionante tema para un incipiente otoño invierno, de próximo estreno.

 
Luis J. Esteban Silvestre

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