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Presentado un nuevo número de la Revista Turia

De izquierda a derecha; Diego Piñeiro, Raúl Carlos Maicas, Nacho Escuín y Juan Villalba

Gonzalo Hidalgo Bayal, un escritor  tan valorado por la crítica como poco conocido todavía por el público lector mayoritario   

  • La revista “Turia” del Instituto de Estudios Turolenses de la DPT dedica un espectacular monográfico al mejor escritor secreto de España. 

 Tan original como excelente escritor, tan valorado por la crítica como todavía poco conocido por un público lector más mayoritario, el análisis y la mejor difusión de la figura y la obra del escritor extremeño Gonzalo Hidalgo Bayal merecían el espectacular monográfico que le dedica la revista cultural “Turia” en su nuevo número, ya a la venta.

 

Autor de culto para la crítica y para los buenos lectores, la calidad y singularidad de la obra de Hidalgo Bayal resulta indiscutible. Tanto en el ámbito narrativo como en el ensayístico y poético, sus libros lo convierten en merecedor del espectacular homenaje colectivo que le rinden en la revista del Instituto de Estudios Turolenses de la Diputación de Teruel un total de catorce escritores y especialistas que reivindican el interés de un autor fascinante, que cultiva una literatura nada convencional y que puede interpretarse como un sobresaliente ensayo sobre las grandezas y miserias de la condición humana.

 

La propuesta de “Turia” supone una  aproximación  plural,  rigurosa  y completa a Gonzalo Hidalgo Bayal en su amplia sección monográfica denominada Cartapacio. Un  conjunto de trabajos, tanto creativos como  ensayísticos, de análisis y divulgación,  en  los que encontraremos como principal protagonista a uno  de los más sugerentes e singulares escritores españoles de las últimas décadas. Un autor secreto todavía para muchos pero que bien merecería gozar de un público lector más amplio que el que brinda el aprecio de la crítica especializada y los medios literarios.

 

Aunque es cierto que la obra de Hidalgo Bayal debe mucho a autores como Kafka, Camus o  Beckett,  su  riqueza  creativa,  su  temática y su estilo lo convierten en un autor que va más allá de ser sólo su heredero. No en vano, el universo bayaliano posee un transfondo de humanismo metafísico de genuino cuño. Es decir, Bayal posee un mundo propio y, como escribe Concha D’Olhaberriague en el magnifico artículo que, con el título de “Azar, paradoja y desolación. Una lectura de la obra de Gonzalo Hidalgo Bayal”, abre el monográfico que le dedica la revista turolense. La del extremeño, dice, es una “obra ambiciosa, compleja y de fuerte cohesión,  concebida en sus líneas básicas desde el comienzo como  un gran drama humano de la solitud e incomunicación, donde la vileza, la humillación y la venganza andan al acecho, aunque también hay momentos alciónicos de camaradería, vislumbres de amistad y actos compasivos”.

 

Si hubiera que trazar un breve análisis de su obra literaria, diríamos que la narrativa de Hidalgo Bayal está  marcada  por su capacidad de seducir al lector con atmósferas enrarecidas, una prosa densa y clara, en la que explora de manera brillante y natural el lenguaje y que se caracteriza por su ironía e intensidad. Entre sus temas predilectos están la fatalidad, el sentimiento de culpa o la incertidumbre. Fue, además, gran amigo de Rafael Sánchez Ferlosio a quien le ha dedicado innumerables textos e intervenciones entre los que destaca “Camino de Jotán. La razón narrativa de Ferlosio”, publicado en 1994.

 

Según Concha D’Olhaberriague, en los libros de Hidalgo Bayal encontraremos siempre “una prosa compacta, culta, concéntrica y ajustada, rica en sugerencias y nítida”. Una prosa en la que “narrar, decir y evocar forman estrecha relación”. A estas características “hay que añadir el humor (y el ingenio) y sus registros varios, preferentemente el irónico y la parodia, la potencia de lo simbólico y el fulgor de una lengua morosa y contenida, de hondura poética, filosófica y moral,  que impele a detenerse, retroceder y releer por mor de la  apreciación cabal, a fin de  no perder el hilo (o los hilos) ni desatender los frecuentes comentarios de metaficción y los juegos verbales, marca característica de su  estilo”

 

La profesora Concha D’Olhaberriague, una de las mayores estudiosas de su literatura, ha coordinado este magnífico monográfico sobre Gonzalo Hidalgo Bayal. También participan con artículos inéditos autores y especialistas como: Luis Landero, Álvaro Valverde (“La objetivación de la tristeza. La razón poética de GHB”), Ricardo Menéndez Salmón (“Epitalamio y funerales de Roma con Cartago”), Ana Calvo Revilla (“La trayectoria narrativa de GHB”), Pilar Galán (“La subversión del héroe: los cuentos de GHB” , Juan Ramón Santos, Fernando del Val (“La misantropía como relación social”), Tomás Sánchez Santiago (“Vidas transfiguradas”), Alfonso Ruiz de Aguirre (“Un evangelio kafkiano y carnavalesco: Paradoja del interventor)”, Fernando Parra Nogueras (“Nemo o la sacralización del silencio”), Elías González Cano (“Una aproximación al humor de GHB”) y David Matías (“Nosotras, sus alumnos”). Cierra el Cartapacio, una completa “Biocronología” elaborada por Miguel Ángel Lama.

 

 

Gonzalo Hidalgo Bayal y Luis Landero

Un tema clave de este monográfico de “Turia” es el análisis de la profunda relación de amistad que existe entre Gonzalo Hidalgo Bayal y Luis Landero. Son auténticos compañeros de espíritu. Y, además, puede decirse que esa afinidad los engrandece a ambos. Sin duda, pocos ejemplos tan extraordinarios de amistad de escritores como la que los une desde hace décadas.

 

Una relación personal que se mantiene ya desde hace treinta años pero que empezó antes como lectores de sus respectivas obras. Fue con sus primeras novelas. Landero lo cuenta así en “Turia”: “a veces, a un escritor se le conoce de golpe. Basta leer unos cuantos párrafos, incluso unas líneas, para conocerlo a fondo. A mí enseguida me sedujo su mundo, y cuando digo su mundo no me refiero sólo a la creación de una historia, de unos personajes, de un ambiente…, aunque también, por supuesto, sino a esa cosa indefinida que se capta al vuelo: el laboreo verbal, la impresión de que allí todas las palabras tienen un valor, la música, el tono, el estilo… Entonces surge la amistad literaria. Cuando nos conocimos personalmente, de algún modo éramos ya viejos amigos. Luego, con el trato, nuestra relación adquirió un tono sentimental. Yo a Gonzalo lo admiro y lo quiero desde hace mucho tiempo”.

 

Sus vínculos con Gonzalo Hidalgo Bayal son descritos así por Landero: “nos conocemos muy bien, y nos entendemos con pocas palabras, como los héroes de los westerns crepusculares. Ahora bien, en el trato cercano, Gonzalo se transforma. Es un gran conversador, una de las personas más sabias y divertidas que conozco. Es agudo, ingenioso, cordial, tiene muy buenos golpes… Creo que hubiera estado en su ambiente en el ágora ateniense, en tiempos de Sócrates”.

 

         Además, la revista “Turia” publica un amplio y clarificador texto inédito del propio Gonzalo Hidalgo Bayal titulado “Las lágrimas de Miguel Strogoff”. En él, el autor extremeño nos dirá que sigue leyendo y que, si no lo hace con la misma voracidad de antaño, “sí lo hace con la misma voluntad y con un punto de la antigua esperanza. Porque si a pesar de todo seguimos en el empeño es solo a la espera de que, mientras sigan los pájaros cantando, en algún momento recuperemos de nuevo con emoción el mismo sentimiento de plenitud que escondían las lágrimas de Miguel Strogoff, el llanto de José ante sus hermanos, la angustia de Raskólnikov, las voces de Darl, de Jewel, de Vardaman…, la intermitente sensación de que a la postre todo está bien hecho y de que, más allá de la brisa marina y de la brisa triste por los olivos, aún perduran la antiguas mañanas de verano, la sobria y áspera brisa de la higuera, la ciencia del bien y del mal y las redundancias del carácter”.

 

 

UN FRAGMENTO DEL TEXTO INÉDITO DE GONZALO HIDALGO BAYAL

 

Entre los muchos tesoros literarios que contiene el monográfico de TURIA sobre Gonzalo Hidalgo Bayal, sobresale el texto inédito que el propio homenajeado ha escrito para la ocasión y que constituye un auténtico y revelador testimonio de su credo literario y de su opinión sobre el papel de la lectura. Titulado “Las lágrimas de Miguel Strogoff”, facilitamos a continuación dos fragmentos de ese hermoso texto exclusivo que publica la revista.

 

 

LAS LÁGRIMAS DE MIGUEL STROGOFF

“(…) Desconozco los índices de analfabetismo funcional que pudieran tener los pueblos remotos en los años cincuenta del siglo veinte, pueblos, además de ocultos, terminales, pero supongo que en esa engañosa variedad de analfabetismo (es verdad que la vida era precaria, que eran otras las dificultades y otros los agobios) radicaba que los padres se conformaran con que los hijos no fueran técnicamente analfabetos. Bastaba con saber leer: la lectura no era un medio, sino un fin; no se trataba de saber leer para leer, se trataba solo de saber leer: el cultivo de una facultad inmanente. No creo, sin embargo, que fueran culpables los padres de la apatía intelectual ni de la indigencia cultural, sino víctimas pasivas e inconscientes. Nadie entonces pensaba que leer y escribir sirviera para mucho más: bastaba con el almanaque y con las solo cuatro letras de las cartas familiares para decir que nosotros bien gracias a Dios. Siendo, pues, de tan corto alcance las aspiraciones de la instrucción, no será difícil comprender que no solo la economía era de subsistencia. Prueba de ello sería, además, en lo que a mis aficiones posteriores se refiere, la desconfianza absoluta de los adultos ante los libros en general y ante las novelas en particular, una desconfianza inducida, naturalmente, que bajo argumentos mediocres, como considerarlas necias patrañas o invenciones ajenas a la realidad, cuando no, como el ventero de El Quijote, historias verdaderas de la vida impresas con licencia del Consejo Real, ocultaban la ignorancia, la desidia o, peor, la nebulosa de un peligro moral predicado desde el púlpito, o un peligro social alimentado con el miedo, y una desconfianza también singularmente paradójica y de oído, en tanto en cuanto quienes más desconfiaban eran precisamente quienes nunca en su vida habían leído ni pensaban leer una sola novela (…)”.

“(…) emplear la palabra placer para describir las sensaciones que puede producir la lectura no solo es un error sino una forma de menosprecio, como si se le concediera a la lectura una categoría inferior, propia de los pecados capitales, la gastronomía o el erotismo, un sucedáneo de la sensualidad, una degradación equivalente a la que se produce cuando se recurre a léxico obrero o proletario para dignificar la torre de marfil en que se cincelan los sonetos. Pero sobre todo porque, al margen de las tristezas de la carne y aunque se hayan leído ya todos los libros, uno sigue leyendo pese a todo y, si no lo hace con la misma voracidad de antaño, porque el entendimiento se va embotando con  la edad, se atrofia el horizonte, se cansa más la vista, la letra empequeñece, las páginas se pasan más despacio, con más fatiga, también tal vez con mayor indolencia, como quien está ya de vuelta de todo o al cabo de la calle, sí lo hace con la misma voluntad y con un punto de la antigua esperanza. Porque si a pesar de todo seguimos en el empeño es solo a la espera de que, mientras sigan los pájaros cantando, en algún momento recuperemos de nuevo con emoción el mismo sentimiento de plenitud que escondían las lágrimas de Miguel Strogoff, el llanto de José ante sus hermanos, la angustia de Raskólnikov, las voces de Darl, de Jewel, de Vardaman…, la intermitente sensación de que a la postre todo está bien hecho y de que, más allá de la brisa marina y de la brisa triste por los olivos, aún perduran la antiguas mañanas de verano, la sobria y áspera brisa

de la higuera, la ciencia del bien y del mal y las redundancias del carácter”.

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